28 octubre 2009

Es La Intensidad

el oleaje es furioso,

cuando una puerta astillada

se cierra…

y aparece ella

se estira y se encoge

entonces corre las cortinas

y con ternura estallan

cientos de miradores

al mar

un cambio de planes

disparado torpemente

dificulta los pasos en el umbral

pero resulta

algo más que un golpe a contrapié:

el tabique nasal no llega a quebrarse

tras la embestida

el billete no es falso

y abrazo nuevas estaciones

gracias a la luz que atraviesa

la roca fría de las murallas

que crece y no cesa

que invade el charco profundo

de aquella oscuridad

suavidad que se extiende

hasta acabar con viejas construcciones

y levantar vías infinitas

sin el óxido de los predicadores

líneas hacia otro lugar

que me transportan y nos unen

desechando el gran mal

me libera

de antiguas

arenas

movedizas

y ahí está

sustituyendo el color negro de mis lápices

sin apenas darme cuenta

porque ella nunca duerme

hay aquí algo mucho más grande

más real

que unas inocentes metáforas

cuatro canciones de magia, por ejemplo

una sonrisa, unos pies perfectos y un pico de viuda

sueños de ojos abiertos y cerrados

palabras nocturnas

palabras insomnes

y así respiro ahora

el aire más puro

y la brecha se antoja algo menos

que un punto extraño

que se consume

a lo lejos

-mucho más allá

de aquellos cigarrales-

sé que ahora

no hay de qué preocuparse:

sé que hoy

todo es para nosotros

que hay todo entre nosotros,

pero no hay nada

más

allá

de


ella

y

yo


el orador Bluff

04 septiembre 2009

Ráfaga I

Es hora ya

ya es hora

de hacer ruido

para no aplazar más

el final

para dar paso a los monstruos cotidianos

y entorpecer los buenos recuerdos

nada más

para quedarnos afónicos

para siempre

por no haber cantado

hasta hoy

con las entrañas

el orador Bluff

10 noviembre 2008

El puente de todos los santos


Soy el valiente de la dársena cuatro

y a los ojos de todos, acabo de robar el equipaje

de aquella mujer llamada Margot,

la mujer que casi nunca conocí.

He revisado sus habitaciones de hotel,

el reverso de sus facturas

y los billetes de tren y las revistas de moda.

En busca de aquella línea azul que parecía

cada vez menos una orilla,

he atravesado mis veinticuatro poemas

salpicados en márgenes de libretas olvidadas.

Pero allí tan sólo el borrador de los días abandonados,

que con el último verano suman ya tres bocas

(¡fue tan dulce el orgasmo del ventilador!).

Y aquí no logro distinguir cuáles son sus manos,

las mismas que clasifican este aire disperso y embotellado

del último suspiro,

ni tan siquiera saber cómo es ahora el aliento

de aquélla que nunca

aprendió

a respirar.

Aún restan cuarenta y ocho horas para que acabe el año

y, oculta más allá de la columna tricolor,

resiste la superficie verdadera.

La consigna intacta: no rendirse a otra historia

de imperfecciones y vanos desafíos.

Soy el que se queda y soy el fugitivo

y no encuentro en esta estación las siete diferencias

entre ella y todas las demás.

Soy el niño que replica y que se aburre

con la armonía perpetua de su dentadura.

Y a medida que aumenta el valor

de los segundos,

soy también el viejo que grita reclamando un cielo

tras conocer cómo huir del descalabro

de

esta

alargada

silueta


el orador Bluff

30 octubre 2008

Las jornadas intensivas



Fui al palacio de invierno y aunque la comida fue excelente, construí otra vez mi hogar con un nuevo dolor de alma y la mente en blanco y negro. Antes de todo eso, nos acomodamos sobre la mesa del banquete e iniciamos un descenso en picado hacia la zona del arroyo seco. Ante nuestro creciente asombro y las grandes risas de la mamá, observamos embobados cómo el agua había desbordado todo y los melones flotaban, abandonados a su suerte. Temimos no volver a ver a nuestras familias, nos atemorizaba no poder dormir esa misma noche en cualquier cama engordada con plumones de primerísima calidad.

Durante la escena del plato y la cuchara, alguien copió una idea de algún pensador de juegos infantiles. Otros dijeron que el amor se pudría en la distancia y entonces dio comienzo el concurso. Los premios fueron para aquellos que optaron por las legumbres, las frutas y los peces que se muerden la cola. Me penalizaron con unos orejones de borrico por optar por la bollería, los dulces y los caramelos. No entendía nada y así fue cómo me lavé los dientes.

Una cucaracha sin alas despeinaba alfombras de cuero cabelludo dañado. Los barrotes de las ventanas estaban deshechos y adornados con botones de madera. Alguien había hecho algo más que dormir en aquella cama. El perro expulsó la polvareda que había tragado tras una larga noche de fiesta y una enorme paliza. Desde una casa con ático, todos los miembros de una asociación de vecinos arrojaban cubos de agua sucia a los turistas y las macetas soñaban una y otra vez con los gatos. Los muros del pabellón militar se rendían a los pies de la ciudad tras una brutal tormenta como la de un fin de semana inolvidable. Nos encontrábamos ante estas imágenes cuando escribíamos hablando. Ésa es la historia que elegimos. Ésa misma y ninguna otra con una carga de ideas más pesadas.

Había más oradores por allí, pero todos tan embusteros como yo. Así que me enfundé mi pijama de artista japonés y me dispuse a apagar los candelabros y dormir con una bella señorita que guardaba mis poemas en una carpeta de plástico.

Los silbidos se repetían formando melodías desconocidas. Queríamos dejar de pisar aquel suelo de tachuelas y escupitajos y no volver a una realidad nocturna de chaquetas de cuero y despreocupación total. Ellos sólo vivían cuando los bares se desdoblaban y era difícil contar las monedas sobre la mano. Nada era cierto, pero me sabía más cerca que todos ellos. No como él, que parecía tener respuestas que satisfacían a todo el mundo. Él tenía mente pálida, el muy estúpido. Confiaba en que acabaría olvidando el código secreto de su tarjeta de crédito y entonces todo su maldito trabajo no habría servido para nada. El día que le aplaudieron, se replegó sobre sí mismo, como un gusanito ardiendo en la llama de un mechero.

Desconocía si aquello era lo que pretendía. Pero así marchaba bien, sin desear nada más y eso me era más que suficiente.

el orador Bluff

25 octubre 2008

El apagón (otra vez)

Debido a la ineficacia de algunos sueños, no le queda más remedio que volver a casa. Entonces, Lucas pasea de vuelta por el camino más largo. No es un lobo, pero por su abundante cabellera y su barba de más de dos semanas bien podrían confundirle con el que aúlla a la luna llena. Mientras comprueba una y otra vez si sus zapatos mantienen la tensión en los cordones, un caimán se yergue en mitad de la calle principal del tridente. Cuando el peso de los años recae sobre el espinazo del reptil, Lucas juega a subirse encima y ver cómo pasa la vida. Llueve entonces y la lluvia le suele poner de buen humor, pero en un momento y a pesar de las risas, se despide del verde botella y decide sacar el recogedor y barrer ideas de las aceras.


Lucas es caótico y desordenado, pero es humilde y sabe reconocer sus errores. No cree que sus pensamientos sean verdades universales. Aunque después de ver cruzar por el paso de cebra a un cualquiera de lustrosos zapatos, piensa verdaderamente que aquél es sin duda el hombre con el paraguas más grande del mundo. Ni tan siquiera una sombrilla de mapamundi abarcaría tanto espacio terrenal. Aunque sería exagerado decir que todos los hombres y mujeres que han salido esta misma mañana sin refugio de esta bendita ciudad inacabada podrían permanecer de secano bajo él durante un período indefinido de tiempo.


Lucas piensa en sus deberes como ser académico y se pone de todos los colores. Su corazón redobla en taquicardias y su voz se debilita. Al girar por última vez la esquina, su cabezota se estrella en una red de acordes y mala poesía y no puede dejar de dar vueltas a las arañas que le impiden e impedirán desembarcar en algún lugar provechoso. Lejos, muy lejos de lo que está palpando.


Lucas razona que las cosas podrían ser mucho peor y que no tiene motivos para quejarse tanto de sí mismo. Dos minutos más tarde, abre la ventana de su oscura caverna y un ejército de seres escurridizos con cascos amarillos levantan por los aires a San Antonio. Lucas no puede creer lo que ven sus ojos, no puede permitirlo pero tampoco puede hacer nada por evitarlo. El creciente ruido que provocan éstos hace que sienta un punzante dolor en su oído izquierdo.


Al fin, Lucas se decide a actuar y deja una nota de color en un lugar visible de su sistema nervioso central: “Debido a las inclemencias del tiempo y a las obras públicas, será aconsejable pasar el resto del día en la biblioteca”.


el orador Bluff

11 septiembre 2008

A story about a flight to the moon

Le mostró con descaro su lengua azul -manchada de caramelo y neurosis- y algo de cansancio acumulado en las muñecas explotó con las galletas del desayuno. Demostró sobradamente que estaba muy descontenta con él y que la cena de la noche anterior le había salpicado de decepción. Recogió sus bragas sucias del saco blanco que la abuela había confeccionado meses atrás y propinó una enérgica patada con la izquierda a la lavadora, sin romper nada ni causarse daños irreversibles. Avisó a sus amigos de que jamás iría a un concierto del grupo al que adoraban sus dos hermanas adolescentes y tan sólo se despidió del portero. No dejó ni una sola sonrisa en el libro de visitas e instaló entonces una mañana oscura y sin destinatario. No logró cumplir con su juramento y largo rato después soñó sin desearlo con lágrimas de otros finales. El apartamento se cubrió de cortinas de humo y bestias afónicas y de arrugas en los retratos. Las máscaras africanas se agrietaron y nadie en el vecindario supo cómo describir a aquel astronauta de plástico con manos indestructibles.


Los grifos empaparon su primer ocaso de pánico a estrenar otras historias.


Jamás volvería a pasear descalzo entre restos de paz y de guerra, a despertar en tardes de medias luces en habitaciones con techos de cristal.


el orador Bluff

28 agosto 2008

Vous êtes ici

El corazón cerrado y las piernas sueltas. En el centro de la tierra se escondía un pedazo circular de acero. En relieve, el rostro eterno de algún monarca olvidado… Solté de una vez la voz inoportuna de la mañana y pegué el rótulo de una calle dedicada al poeta que no llevaba su nombre. Tras caer derrotado por no participar y sin medallas de competiciones infantiles que adorar en la vitrina del salón-comedor, reuní toda la arena que guardaba Bruno en los pliegues del chándal y una ráfaga de aire marcó el impulso primero de un sueño de delirios y sombras chinescas. Fue como aquel empujón que inventé para evitar un castigo mayor al volver con el uniforme empapado de agua, en la fuente del patio de arriba. ¿Por qué, si sólo era un miserable grifo? Al menos debía haberme disculpado por aquello.


Las almas dulces me rodeaban y me invitaban a jugar al dominó. Yo les dije que prefería repasar el vocabulario de las tablas de arcilla, pero entonces parecieron molestas conmigo, de modo que seguí pensando… y así llegué a reunir incontables ideas con el fin de escapar de aquel lugar. Sin embargo, para entonces las neuronas ya habían empezado a bailar y no tuve más remedio que quitarme los ojos y cerrar después las gafas. Pasó el tiempo y nadie se molestó en contarlo.


Al despertarme, estaba afeitado y eché ambientador en abundancia. Me recosté sobre un grandioso prado y allí estaba el beso. Engañé para poder llegar a una casa de verano sin piscina y allí estaban las ojeras. Asistí a un concierto y allí estaba el sabor a tabaco. Trasnoché los días en una habitación doble y allí estaba el champán. Fui de excursión a una fábrica de caramelos y allí estaba la foto robada y borrosa. Pedaleé hacia un cerro y allí estaba otra que no era ella. Revisé con cuidado los olivos y allí estaba el borrador de la memoria. Me oculté bajo un arco y allí estaban los poemas de Bécquer. Pasé por un país frío y allí estaban las rosas. Descansé para bostezar y allí estaban los suculentos tesoros y los problemas de respiración y las ventanas de la cocina y los ojos en carmesí del buzo. Y sobre todas las cosas, el deseo.


Pensé después que todo lo que había escrito hasta entonces eran simplezas, que prefería seguir viviendo a seguir diciendo aquella sarta de estupideces. Y giré el interruptor e interpreté las cruces del mapa: “Vous êtes ici”.


el orador Bluff